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  • Descubre los auténticos sabores de la ciudad a través de estos deliciosos recorridos.

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Dulzura limeña

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Dulceros somos todos y en nuestra ciudad podemos satisfacer ese antojo gracias a la carretilla de la esquina, la pastelería de barrio o el fino restaurante. La costumbre por los postres la trajeron los españoles, con influencias y sabores árabes, y con el paso del tiempo se fue empapando del aporte nativo además de otras culturas como la italiana y la africana. Al recetario peruano se fueron incorporando una serie de nombres azucarados que, si bien no son exclusivos de nuestro país, adquirieron toques propios y se les considera como tales.

Tenemos dulces para todos los gustos: los resguardados, por manos femeninas, en los conventos que llegan a mantener las recetas de su maná o mazapán por más de 400 años. También está la tradicional mazamorra que sobrevive desde la época de la Colonia, los callejeros picarones que ganaron ciudadanía al incorporar camote y zapallo, el suave y dulce suspiro de limeña además del turrón, fruto de mano afroperuana –según la tradición- siempre presente en las fiestas y procesiones de octubre.

La lista nos quedó corta pero no queremos que se queden sin estos ricos datos: doña Gene Vicente lleva más de 40 años preparando bocaditos dulces y salados que son la sensación en toda celebración. Su especialidad son los guargüeros, pero también tiene distintos tipos de alfajores (tradicional y rellenos de trufa o manjar de lúcuma), relámpagos, mazapán, tartaletas y más. (Tlfo: 247-9797). En Jesús María encontramos los famosos voladores del negocio familiar María Marcel. Doña Paulina aprendió todos los secretos del mundo dulce en el convento de Santa Clara y ahora su hija María Cecilia mantiene la tradición. Con ayuda de sus tías, preparan el manjar blanco y las mermeladas (de piña y albaricoque) que untan a los voladores. (Tlfo: 424-5772). Ahora prepárate porque Lima nos demuestra toda su dulzura en esta nueva ruta.

Dulceros somos todos y en nuestra ciudad podemos satisfacer ese antojo gracias a la carretilla de la esquina, la pastelería de barrio o el fino restaurante. La costumbre por los postres la trajeron los españoles, con influencias y sabores árabes, y con el paso del tiempo se fue empapando del aporte nativo e incorporando al recetario nacional. Tenemos dulces para todos los gustos: los resguardados en los conventos, la tradicional mazamorra, los callejeros picarones, el suave suspiro de limeña, el turrón de octubre y muchísimos más. Lima nos demuestra toda su dulzura en esta nueva ruta.
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    • Dulcería Santa Rosa

    “No faltaba un postre en la mesa, cualquier día de la semana y siempre diferente”, recuerda Charo Scheelje sobre la creatividad dulcera de su madre Rosa Emilia Luna. Esa habilidad la llevó a abrir, allá por 1968, Dulcería Santa Rosa. Así comenzó la leyenda de esta tradicional dulcería de barrio cuyo mostrador reluce con toda clase de postres limeños hechos en casa: mazamorra y arroz con leche, ranfañote y sanguito, dulce de membrillo y camote, humitas y cocadas, bien me sabe y más pues han introducido algunos dulces modernos. Todos los días nos encontramos con unos 25 postres cuyas recetas han pasado de madres a hijas y ya nos encontramos con una cuarta generación que ayuda a preparar estas joyas dulceras.

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    • Paseo Colón

    Sabores de aquí y de allá. Sandra y Ugo Plevisani abrieron Paseo Colón con la intención de representar la variedad de sabores de América: bastante de peruano, notas de cocina cubana, guiños de tex mex y asiática. Los abundantes piqueos se sirven y se comparten. Imposible levantarse de la mesa sin probar uno de los postres cortesía del talento repostero de Sandra. Delicadas islas flotantes, churritos rellenos que desbordan manjar, un novedoso suspiro de limeña de chirimoya y un tocino del cielo (postre rescatado de la Lima virreinal) llegan para endulzarnos el día. La dieta la dejamos para otra ocasión.

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    • Dulces Tina Mía

    La esquina del engorde. Así le gusta a Tina Reyes que llamen a su dulzona esquina en San Miguel donde lleva unos 30 años. Se dio cuenta que cocinar le era más rentable que trabajar en la fábrica y apostó por un puestito de postres bajo sus propias recetas. “Soy terriblemente tradicional”, confiesa sobre su estilo. Su estrella, el ranfañote, lleva su propio toque: con pan crocante más que húmedo y acompañado con pasas. Suspiro de limeña, torta de chocolate, budín de sémola, crema volteada, pie de limón, mazamorra de cochino y tres leches también se pueden encontrar en su puesto; pero no todos al mismo tiempo. Así probaremos algo distinto en cada uno de nuestras visitas.

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    • Glotons

    “Acá no hay nada nuevo ni fusionado y eso me encanta. Nosotros los viejos tenemos la responsabilidad de rescatar lo nuestro”, dice con convicción Juan José Bozzo, dueño de Glotons, restaurante abierto las 24 horas. Su propuesta es de comida peruana y rápida por lo veloz que se preparan platos como el anticucho o el lomo saltado. La carta también incluye una buena selección de cafés, ensaladas, sopas, carnes a la parrilla, sánguches criollísimos y postres. Para los dulceros está el budín hecho con la receta del padre de Juan José y -la estrella de la casa- los picarones. Él se nutrió de sus visitas a picaroneras para sacar su propia receta: con exterior crocante y miel que no empalaga. Su antojo de picarones se podrá saciar a cualquier hora pues lo ofrecen en todo momento.

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    • Don Fidel Estrella – Melcochas

    Una figura delgada y de bigotes largos, vestido de mandil, coloca su carretilla en el Jr. Paruro en el Barrio Chino. En medio de los chifas, Fidel Estrella es conocido como el hombre de la melcocha, aquel dulce crocante que nuestros padres y abuelos disfrutaban a la salida del colegio. Su tío fue su mentor y de esa época como aprendiz ya han pasado 40 años. Se levanta a las 4 a.m. para mezclar la chancaca, canela y limón, entre otros ingredientes. Don Fidel supo mantener la tradición al mismo tiempo que abrió las puertas a la creatividad. Ahora ofrece productos únicos como: melcocha de coco, sacha inchi, quinua, kiwicha, ajonjolí y pecana.

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    • Don Ítalo

    Al ingresar a Don Ítalo uno inmediatamente recuerda aquellas pastelerías clásicas ya casi extintas en Lima. Ubicada en una esquina, chiquita y con fachada de madera, nos remontamos a 1972 cuando la familia Pelosi abrió este confortable local donde los merengues y lenguas de gato son guardados en pomos de cristal. Nuestra mirada se enfoca en la gran tabla con el preciado turrón -con su anís a punto, masa suave, miel de frutas que nunca empalaga y una lluvia de caramelos con mensaje encerrado- uno de nuestros favoritos en la cata. A pedido del público, lo encontramos todo el año y en octubre no hay mejor lugar donde conseguirlo.

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    • Maga… mis suspiros

    El suspiro a la limeña, protagonista de la casa, destaca por su versatilidad. Magali Jacobs apostó por nuevos sabores y así encontramos 18 que incluyen frutas peruanas como la chirimoya, la lúcuma y el aguaymanto. El más pedido ya no es el clásico sino el de chirimoya. En este rinconcito miraflorino, abierto en el 2005, todo es hecho en casa: desde el fudge hasta el manjar blanco. “Yo me invento de todo”, comenta la diseñadora convertida en emprendedora gastronómica a propósito de la carta que cuenta con más de 40 postres. Esta incluye guargüeros, variados pies, budín de chancay, tres leches, cheesecakes, bola de oro (sale el fin de semana) y cremoladas (cuando se acerca el verano) por nombrar algunos dulces.

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    • Mi dulce cía

    Al rinconcito de comida criolla se le sumó un escondite dulce. La tradición de mamá Teresa continúa con su hija Elena quien abrió Mi dulce cía, acogedor espacio para los amantes de los postres de antaño. Elena Santos decidió convertir un viejo deseo en realidad y, al mismo tiempo, honrar la memoria materna. Pocos recuerdan que El rincón que no conoces comenzó como dulcería, pero finalmente quedaron relegados ante los almuerzos. Elena rescata las recetas familiares para tentarnos con manjar de pallar, huevo chimbo, ranfañote, sanguito, tejas, bodoque y otros postres de repostería contemporánea como torta de chocolate y pie de limón. Con una taza de café mantenemos a raya el azúcar y le damos otro mordisco a estos dulces ya olvidados por la mayoría.

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